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domingo, 11 de octubre de 2026

Apuntes básicos de resistencia en historias de terror

El viejo mundo se muere. 
El nuevo tarda en aparecer. 
Y en ese claroscuro surgen los monstruos.

Esta frase la dijo Gramsci, probablemente desde alguna prisión fascista de Mussolini, y ahora, casi un siglo después, adquiere aún más significado. Como todo en este mundo caótico y algo estúpido en el que estamos, el significado de la cita variará según los intereses particulares de la persona que la diga.
Pero, no os preocupéis: yo sé poco de historia, filosofía y pensamiento humano… pero algo conozco de monstruos.

Las noticias no son buenas, las presiones son enormes y a veces, entre tanta realidad dolorosa y preocupante, se nos olvida que la ficción sirve para catalizar miedos y preocupaciones o para plantear situaciones impensables, ilógicas... hasta que pasan.
Guerras, exterminios, auge del autoritarismo, del racismo, de la xenofobia, ciudades sin identidad en los que importan más unas monedas que la integridad de cualquier persona; un entorno hostil y bastante desalentador. 

Voy a dejar aquí unas historias de género actuales que pueden ayudar a plantearnos ciertas ideas.
De terror y terrenos limítrofes porque es el lenguaje que mejor entiendo y que creo que es el que mejor se adapta a tratar estas ideas, frente a las soluciones mágicas que puede presentar la fantasía o los conflictos e hipótesis de la ciencia ficción. El terror siempre está ahí, en el fondo de nuestros cerebros, susurrándonos que esta realidad que no comprendemos quizás se pueda manejar utilizando el símil de un monstruo, de un apocalipsis o de extrañas sombras que amenazan nuestro descanso.  

Nada de historias que ya han sido alcanzadas por el presente, entre grandes hermanos Orwellianos, Parábolas del sembrador de Butler o las tierras de Gilead de Atwood, que no pierden ningún tipo de vigencia, obvio, pero quizás se queden muy alejadas de la inmediatez que busca una persona con inquietudes recientes.

Tampoco creo que os descubra nada nuevo, ningún título demasiado desconocido, de ahí lo de apuntes basicos y, como siempre, desde la positividad; desde la resistencia.
Resistencia 101, de primer curso.
Básica, manejable y actual para evitar estas situaciones incomprensibles de recomendar un libro o una película de los 50, 60 o 70, de la época que queráis, y que te digan que eso es imposible que pase ahora.
Porque pasa, vaya que si pasa.

Positividad para resistir, con una colección de recomendaciones básicas, directas, y que quizás, espero, ayuden a tener en la cabeza ciertas reflexiones.



Las cosas que perdimos en el fuego - Mariana Enríquez. Anagrama.


La literatura centro y suramericana, bien cargada de autoras interesantísimas, es combativa, reflexiva y denuncia un montón de problemáticas, utilizando una mezcla de géneros entre el realismo mágico, la fantasía o el terror.
Hablo de Mónica Ojeda, Agustina Bazterrica, Maria Fernanda Ampuero y otras muchas.
Pero, como esto es una colección de básicos, quizás sea mejor comenzar por parte de la obra de Mariana Enríquez, quizás la punta de lanza que abrió camino a una nueva visión de la literatura y del terror.

Las dictaduras, pese a lo que algunos creen, no son necesarias, divertidas, justas ni su idealización, con el paso del tiempo, bajo la ponzoña de la nostalgia, es un ejercicio sano.
Nuestra parte de noche, la gran novela de Mariana hasta el momento, tiene gran parte de su ambientación en  la dictadura argentina, casi como ruido de fondo, al igual que algunos relatos como La hostería.
Ideas claras, firmes y evidentes sobre la represión dictatorial y los vacíos que deja en el tejido de la historia, del tiempo, como los agujeros de bordes quemados que dejan los cigarrillos en el mantel de un fumador.
Contra los totalitarismos pero también se puede utilizar la obra de Mariana Enríquez como ejemplo de resistencia y lucha activa contra situaciones como la represión y la violencia machista. Las cosas que perdimos en el fuego, relato que da título a la colección que la contiene, parte de la idea de una sociedad en la que parece normalizado que los hombres quemen a sus parejas femeninas, causándoles daños irreversibles y muy visibles.

¿La respuesta?

Las mujeres se organizan, clandestinamente, y construyen una red para quemarse entre ellas y así dinamitar la situación. Si ya no hay nada que quemar, que estropear, que poseer y el resultado te repugna, lo más probable es que ya no quieras hacer nada, poseer nada, estropear nada.
Una solución extrema pero explica el sinsentido de la violencia y abuso machista en una sociedad, como la nuestra, que parece no sorprenderse ante la visión de ver a mujeres arder, buscando explicaciones tan peregrinas como núcleos de población, creencias religiosas, grupos de edad, el algo haría, siempre fue así o hay denuncias falsas.

Quizás que todo arda sea la solución, ya no solo a la violencia machista, que es el auténtico eje del relato, sino a otras problemáticas como el consumismo desaforado, el control de redes sociales o los modelos tóxicos. 
Si nos quemamos, si no consumimos, vemos, participamos o entramos en X, si mostramos esas cicatrices públicamente, quizás tengamos una salida, aunque nos ataquen desde mil sitios diferentes.
Pero, con esto, no quiero diluir el autentico centro del relato, faltaría más.

Los sonámbulos - Chuck Wendig. Roca.
Traducción de David Tejera Expósito.


 Hubo un tiempo en el que los malos de la ficción (fantasía, cifi, cómics...) eran los ricos y poderosos, las megacorporaciones y sus ejércitos privados. Luego, en una relectura que no entiendo muy bien cuándo empezó (¿quizás con las pelis de Iron Man?), esos villanos de ficción aparecieron en la vida real entre vítores y aplausos, casi como si se hubiese roto la cuarta pared. 

La cuestión es que hacen lo mismo que en la ficción: quieren controlarlo todo, quieren nuestro dinero, esfuerzo, tiempo y energía, anhelan el dominio mundial y viajar al espacio como los Lex Luthor de pacotilla que son.

Pero se les aplaude, se les vota, se compran sus biografías y se usan sus redes sociales.
Este mundo postCovid nos ha vestido de una especie de capa de supervivientes de una catástrofe global y algunos se comportan como si esto fuese The Walking Dead. Te pones un traje de camuflaje del Shein, agarras un rifle, una pegatina del ICE y, con unos poderes atribuidos por vete tú a saber qué organización, sales por tu barrio a la búsqueda de peligrosísimos inmigrantes que comen mascotas, delinquen y secuestran niños (justo lo que hacen los que organizan este caos).
Y, por el camino, infringes la ley o asesinas a un par de inocentes.
Da igual.

Las historias de catástrofes son un imán para este tipo de energúmenos. Una situación de peligro global, una oportunidad y sale el tirano que llevas dentro, bendecido por los poderes del orden, tu justicia, la religión o las voces de tu cabeza.

Los sonámbulos de Chuck Wendig refleja, como pocas obras actuales, esa situación en ese mundo que ha terminado por alcanzarnos. 

Un buen día, un grupo de personas se levanta en una especie de trance colectivo y comienzan a caminar. Sus amigos y parientes se organizan en caravanas para controlar el pacífico avance, ayudar ante imprevistos y conocer el destino de la extraña marcha.
Pero esa cosa rara, aunque pacífica, no gusta a todo el mundo y los intolerantes, los fundamentalistas religiosos, los violentos y conspiranoicos quizás no estén tan de acuerdo.

Wendig trae al siglo XXI esa tendencia de gran novela de catástrofes tan de la década de los 80, pero con una lectura perfecta y casi profética de nuestro mundo actual.
El control de los gobiernos, la IA, el uso de las redes sociales, los falsos justicieros del orden, la intolerancia y el egoísmo.
De la novela podemos sacar, quizás, la lectura de hacer lo correcto, pensar en los demás, tejer pequeñas redes de confianza y apoyo, de ser sonámbulos y soñar sobre lugares seguros.
Un curso de Trumpismo acelerado, antes de su llegada al poder, construido con la forma de gran bestseller, de novela enorme, con ese estilo de historia de supervivientes actual y repleta de giros.

Hermanada, en parte, con Fuego de Joe Hill (Nocturna) o una versión más indie, centrada en los estragos y estigmas del SIDA que es El único lugar seguro que nos queda es la oscuridad de Warren Wagner (Dimensiones Ocultas).


La reina dentada - Hailey Piper. Dilatando Mentes.
Traducción de Jose Ángel De Dios.


Si resistir, sobrevivir, es difícil para una persona más o menos normativa, imaginaos para cualquiera que no se ajuste a los roles sociales, afectivos o sexuales clásicos.
Hailey Piper es una autora que conoce muy bien la situación de encontrarse en uno de esos espacios y utiliza su experiencia personal, como persona trans, para dar forma a un mundo propio cargado de perspectivas sobre la identidad, problemas de aceptación, procesos de transformación, la visión de la sociedad, el rechazo… y monstruos, claro.
La reina dentada, editada en castellano por Dilatando Mentes, esconde, bajo su apariencia de historia de monstruos, todo el repertorio propio de la autora. 

Yaya Betancourt tiene una extraña enfermedad genética, causada por los experimientos de un gigante farmacéutico global, y tiene un tratamiento de por vida.
Tratamiento a cargo de esa misma empresa y financiado por los gobiernos. Pero no es gratis, claro: Yaya no deja de ser un código de barras, un producto de esa farmacéutica, y cada mes, con su tratamiento, le realizan un montón de pruebas, de extracciones con oscuras intenciones.

Yaya, después de una noche de sexo ocasional, se despierta con un problema dentado y un nuevo personaje, Magenta, que devora el resto de la lectura.

Vuelvo al uso de grandes corporaciones como entes oscuros que manejan nuestros datos, para las que no somos más que números, celdillas en un Excel o códigos de barras, recipientes de ADN abiertos a sus estudios y especulaciones. 
Ademas, Piper introduce, dentro de esta especie de novela de monstruos ubicada en un futuro cercano, que casi parece una película de los 80 o 90, la persecución social, el abuso a las personas que se salen de lo normativo (blanco, heterosexual, con roles de género perfectamente definidos), hasta llevarlos a las catacumbas de la sociedad, a los callejones oscuros, los peores barrios y los pisos destartalados. Un imaginario que comparte con otras obras suyas, como El gusano y sus reyes. 

El conflicto personal, las crisis de identidad, el rechazo (o el miedo a él) o la intolerancia genera monstruos, pero de los que nos comen desde dentro, arrancando y masticando cada pedazo de lo que somos. La reina dentada saca ese monstruo al exterior, canalizando todos esos sentimientos, explotando en una violenta revolución, bien cargada de tejidos y fluidos.
Como debe ser.

El tema de grandes empresas que se apropian de elementos humanos conecta con Orphan Black, serie que debería estar mucho más presente, y el uso de la figura del monstruo como base de una revolución, aportando muchísimo más significado a la figura, también me lleva a The Bride!, la película de Maggie Gyllenhaal con una novia del monstruo de Frankenstein en el Chicago de los años 30. 


Ring Shout (Nuestro cántico) - P. Djèlí Clark - Obscura (castellano)/ Mai Mes (catalán)
Traducción de Raúl Garcia Campos (castellano) / Martí Sales (catalán)


El racismo es una de las lacras más importantes de la historia de la humanidad, una que no termina de erradicarse.
La ficción, o el terror, mejor dicho, nos deja reflejado ese miedo a lo diferente en varios ejemplos, siendo quizás el más representativo esa figura del zombi de Romero en su La noche de los muertos vivientes y su clásico final.

Es una temática recurrente en el terror, siempre adaptándose a nuevas expresiones: desde el cine de Jordan Peele a la nueva versión de Candyman, pasando por la novela Territorio Lovecraft de Matt Ruff y su adaptación a serie para HBO o Them! en Prime Video, o una infinidad más de ejemplos.

Los Estados Unidos de la década de 1920 sirven de escenario para una lucha entre unas mujeres negras y los supremacistas blancos del Ku Klux Klan, en este Ring shout que nos presenta un autor clave en la fantasía actual como es P. Djèlí Clark (aunque aquí esté más cerca del terror).
Esta premisa podría parecer poco original o complicada de englobarse en el terror de no ser porque los encapuchados del KKK son unos terribles seres demoniacos con la horrible misión de terminar con la humanidad a través del odio y Maryse, nuestra protagonista y su cuadrilla, serán las encargadas de frenar a estos indeseables con todo lo que tengan a mano, espadas mágicas incluidas.

Un grupo de mujeres negras, algunas veteranas de la primera guerra mundial, otras veteranas de la vida (así, en general) con un propósito muy claro: no volver a tener miedo.
Nunca.
Miedo a vivir, a respirar o a transmitir con orgullo su cultura.

Cultura, racismo, supremacismo, resistencia activa, lucha social… todo bajo el filo de una espada (espá) mágica que corta con la fuerza de la memoria, de esa cultura oprimida. Y la importancia de los cánticos, de la cultura popular que se transmite entre generaciones y que suele ser lo primero que se extirpa cuando se quiere someter a otros colectivos.
Ahí empieza la reacción, en no perder esa cultura y olvidar que esa espada tiene un filo mortal.
Una novela ágil, con una traducción de Raúl Garcia Campos, que adapta el lenguaje tradicional utilizado por las mujeres de la novela y que consigue la mezcla perfecta entre fantasía oscura y terror. 
Esta lectura mata intolerantes, casi como la guitarra de Woody Guthrie o el bramido del rifle de Mary Stagecoach Fields.

Emparentada con la reciente El reformatorio de Tananarive Due o a parte de la obra de Stephen Graham Jones,  quizás en un ámbito más cercano a la importancia de la cultura propia y tradición de los pueblos oprimidos o cómo las horribles leyendas siempre son creadas por los hombres blancos católicos dominantes, poniendo en el centro de lo terrible a las minorías. 


No os voy a engañar: este texto lleva varias semanas, casi meses, en borradores. Quizás lo mantuvo ahí la pereza o quizás, en un giro casi Lovecraftiano de elementos que esperan, morando más allá de nuestra consciencia, estaba esperando a un buen final, a un remate.
Mis lecturas de los últimos meses terminaron aportando un par de títulos que suponen un broche perfecto a esta entrada: uno desde una perspectiva más actual y otro con una más que necesaria mirada de género.

El cielo de la selva - Elaine Vilar Madruga. Lava.


Hablaba, en la primera de las recomendaciones de esta entrada, de autoras centro y suramericanas y de las ideas que manejan. Elaine Vilar Madruga es una de ellas y la potencia, vigencia y claridad del mensaje de una novela como El cielo de la selva es innegable.
Ineludible. 
Imposible de dejar atrás.

Hasta ahora os he citado libros que manejas ideas contra el totalitarismo, el racismo, la intolerancia, el capitalismo descontrolado y diferentes formas de miedo y represión. Pero, si hablamos de conflicto, resistencia y opresión sistemática, tiene que estar presente la lucha de las mujeres ante unas presiones, más allá del maltrato físico o psicológico (sociales, familiares, profesionales…) que mutan pero no cesan
El cielo de la selva nos lleva justo ahí, a una hacienda aislada y olvidada en una selva caribeña, en la que unas mujeres gestan hijos que son liberados (y devorados) por lo que sea que vive en la selva.
Distintas generaciones de mujeres que ayudan a conformar una gran variedad de facetas, para observar el abuso y sus repercusiones desde distintas posiciones.
Una novela violenta, reaccionaria, que utiliza la selva como escenario, tan visceral y primitiva, tan real como mágica, y que esconde muchísimo detrás del telón verde de la vegetación.

La descendencia como combustible para la máquina, las diferentes caras de la maternidad, la violencia sistémica como un cliclo sin fin y la mujer como engranaje central. 
Sin caer en condescendencias ni en juegos facilones, El cielo de la selva es un puñetazo directo que se debe encajar y digerir como se pueda.


La vieja sangre - Alfredo Álamo. Orciny Press.


La primera vez que oí hablar del barrio del Cabanyal, en Valencia, creo que fue en una pequeña pieza informativa sobre algún tipo de expropiación o desahucios en unas viviendas bajas de antiguos pescadores de la zona. 
Algo así.
El conflicto era el de siempre: hay que desalojar a esa gente de ahí, quizás con las historias clásicas de barrios marginales, delincuencia y demás, porque está muy bien ubicado, se está poniendo de moda y llega el momento de mejorar esa zona.
Los intereses, ya no tan ocultos, que hay detrás os los podéis imaginar: para qué vas a estar tú viviendo ahí por poco dinero cuando puedo multiplicar el rendimiento económico de esa zona. 

Lo que hace Alfredo Álamo en La vieja sangre, su colección de historias cortas, es dotar a un pueblo, a un barrio, a unas personas, de una mitología propia, de una cultura y una identidad. Varios relatos, unidos por la aparición de ciertos personajes recurrentes y un mismo universo, que retratan el día a día de este barrio, a medio camino entre los problemas de los menos favorecidos (drogas, violencia, etc) y el aplastante empuje del capitalismo descontrolado (gentrificación, modernidades, desahucios…).
Resulta increíble el lore que presenta, que va creciendo relato a relato, con distintos toques que hacen que la mezcla sea cada vez más interesante: de la fantasía urbana al terror, de historias más o menos simpaticonas (esas croquetas…) a otras que te dejan el corazón tocado.
No hay visiones sesgadas, no peca de ese desarrollo, a veces tramposo, que dulcifica ciertas situaciones: hay mala leche y problemas sociales reales, aunque luego tengamos que seguir el camino indicado por las ratas.

Un ejemplo perfecto de que se puede poner de manifiesto una problemática sin caer en los sermones y las moralinas, sin abrazar la realidad dramática ni cerrándose puertas al terror, la fantasía o el humor. Se puede trabajar, se puede protestar desde ahí, creando un universo propio con los pies en la tierra, de un modo parecido al que hacen autores como David Roas en Territorios y su Agrohorror o en parte de la obra de Iván Ledesma ubicada bajo la sombra de esos bloques de pisos que son La Colmena del extrarradio de Barcelona.
Y, aunque sean problemáticas globales, se hace desde aquí, desde España.

No sé a vosotros pero a mi me parece un trato justo.
Justiprecio.




Hasta aquí, esta serie de títulos que fortalecen lazos entre el terror y el conflicto social. 
No os quejéis porque haya obras que tengan política en su desarrollo. No os voy a decir que todo es política: me parece una frase muy sobada y no es cierta al 100%, quizás porque la política, como tal, es una parte importantísima del problema global.
No, no todo es política, pero si que todo es social. 
Tangible, real y visible, que nos rodea, nos afecta y con un derechos conseguidos que nos están siendo robados y destruidos de manera sistemática.
Todo es social, todo es real.
Incluso los monstruos.

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